Construyendo al Homo Artificialis: Reseña de Teoría e historia del hombre artificial.

Posteado por: Diario Macabro
24/07/2017

frankenstein

Por: Diego Vilchis (@silens_aeternum)

“Artificial”, que proviene del latín artificiālis, significa que algo denominado como tal está hecho por el hombre, producido por su ingenio[1]. La idea de la vida artificial no es una que sea reciente; por el contrario, ha rondado desde hace siglos desde diferentes perspectivas, cuya base reside incluso en la religión y la filosofía.

Partiendo de Frankenstein como un eje, Teoría e historia del hombre artificial, de Jesús Alonso Burgos, explora las diferentes aristas por las cuales la creación de vida por la mano del hombre mismo no es un asunto que parte necesariamente de la ciencia ficción (aunque obligatoriamente pasa por ella). Se trata de un extenso ensayo que se adentra en aquellas ideas, textos y arquetipos que cimientan esta tesis.

Y es que incluso podemos ver al mismo humano como una máquina que funciona bajo las leyes de la física, cita el autor a Descartes. Ya desde esa cuestión podemos entender que la magnitud debe transitar, inclusive, por el imaginario colectivo y el pensamiento racional: ¿no son acaso aquellas criaturas sobrenaturales del Oscurantismo, esas quimeras, producto de la mente humana? La superstición, ese espectro que alimenta y se alimenta del folklore, es la maquinaria por la cual la se produce esa hibridación: los que roban sangre humana y se alimentan de ella para sobrevivir, los que tienen alas y devoran carroña, o acaso las que viven en el mar, y también aquellos cuyos cuerpos o cabezas pertenecen a otra especie. El imaginario del hombre arroja a sus ‘hombres artificiales’.

La religión también tiene acepciones al respecto: expone el autor a Caín como un antecedente del moderno Prometeo, ya que se trata del creador de la agricultura, al apropiarse de la naturaleza, y la herrería: inventa y desarrolla la técnica (tecne) – la mecanización del hombre; el linaje divino se hace terrenal. De la misma materia de la tierra surge el golem, ese coloso que según la leyenda de Praga fue creado por el rabino Loew en el siglo XVI, aunque no fuese la primera vez: otros rabinos de la Edad Media también habrían tomado el barro para darle forma y vida (así como el hombre fue hecho) escribiendo el (los) nombre(s) de Dios; de cierta manera, la mitología – sobre todo la griega -, que fungió como la cosmovisión que imperó en el pensamiento religioso antiguo, nos entrega a los dioses antropomorfos creadores de híbridos.

Pero es en el centro de la literatura romántica que se crea el espécimen predilecto: Mary Shelley, después de aquella discusión sobre los experimentos de Erasmus Darwin sobre la reanimación de materia muerta y, literalmente, un sueño en una noche de verano, le da el soplo de vida a Frankenstein, o el moderno Prometeo (1818). El hombre, imitando al Creador, había engendrado vida a partir de la materia inanimada –  o en este caso, muerta -, no por medio de la magia o la religión, sino de la experimentación científica: el hombre artificial por excelencia. No sería el único ejemplo: por ahí también se encuentra Herbert West: Reanimador (1922), de Lovecraft.

El hombre mecánico, el autómata, cuyos diseños de varios siglos tuvieron como propósito imitar la actividad humana, es la palpable hazaña de replicarnos: Leonardo Da Vinci los había diseñado, aunque no fue el primero; René Descartes, dicen, había construido una luego de la muerte de su hija. Antropomorfos (naturalmente), cabezas parlantes, jugadores de ajedrez o cuya capacidad fue replicar la habilidad de la escritura, los autómatas inspiraron no sólo a la ciencia en la búsqueda y éxito de construir o crear un espécimen digno de imitar la vida humana, capaz de pensar y sentir. Semejanzas, incluso, en el código genético que nos distingue como seres vivos: duplicarnos a través de la clonación; esta inspiración también trasciende a manera de la ciencia ficción, género narrativo que en la cultura popular moderna proyecta a través de sus pantallas el imaginario visionario gestado durante décadas de celuloide: Metrópolis (1827), de Fritz Lang; la adaptación de El mago de Oz (1939), de Victor Fleming; Blade Runner (1982), de Ridley Scott; Terminator (1984) de James Cameron, y toda la saga que se deriva de los Connor, o Robocop (1987) de Paul Verhoeven; incluso Edward Scissorhands (1990) de Tim Burton, y por supuesto, las adaptaciones de Isaac Asimov: El hombre bicentenario (1999) y Yo, Robot (2004).

En suma, Teoría e historia del hombre artificial es un apunte necesario a un tema que, como el género de terror, pudiera pasar desapercibido sin las disciplinas que lo examinen: aquí, con gran fortuna, se establecen los criterios y las bases del conocimiento para profundizarlo y entenderlo, pues es uno complejo que necesita entenderse a través de la historia de la cultura, sus asomos en la religión y en la filosofía, que no son otra cosa sino emblemas del pensamiento humano sobre una idea que resulta casi primigenia: la de tener la capacidad de poder crear algo tan asombroso como lo es la vida humana.

[1] http://dle.rae.es/?id=3rM0tTc. Fecha de consulta: 14/07/2017

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