20 años Macabros

¿Qué hace por nosotros el cine de horror? Para mí lo ha hecho todo. El cine de horror, probablemente el primero que experimenté en mi vida, me abrió el camino a las preguntas, a tratar de averiguar de dónde venía ese miedo a un tiburón gigante cuando vivía en una ciudad en el centro del país, a por lo menos 4 horas de la playa más popular. Y fue el cine de horror el que me dijo sin palabras que es el lenguaje de los sueños el que moldea lo que se dice y el cómo se dice en las películas. En todas.

El lenguaje de los sueños. Los sueños que escapan del cerebro cuando dormimos y que caminan a nuestro corazón para impregnarse en la memoria. Dormimos cuando la luz se apaga. Como en el cine. El cine, la sala, las filas de gente que nos rodea esperando entrar a la misma historia improbable que disfrutamos con los ojos y los sentidos abiertos. Esa es la diferencia con los sueños cotidianos. En ellos no vemos con los ojos y no tenemos los sentidos abiertos. Sólo el cine regala esa experiencia. Pero sólo el cine de horror derrumba esas fronteras sabiendo que quiere hacerlo.

Entramos al cine de horror sin saber nada, las probabilidades están más abiertas, las pesadillas nos rodean y tenemos claro que nadie en la sala nos va a consolar durante la experiencia. ¿Es entonces el cine de horror el más comunitario de todos los géneros? Probablemente sí. Porque a diferencia de otros cuando entramos a una película de horror (no a la sala donde se proyecta la película, sino cuando entramos a la película) la incertidumbre se derrama sobre todo mundo por igual. Uno puede tomar partido por el criminal perseguido o por el detective que va detrás de él. Uno puede simpatizar con la dama en desgracia o por quien sea que se anime a rescatarla. Uno puede ejercitar sus mecanismos de defensa alineándose a los malignos malabares de un villano interestelar o quienes quieren detenerlo. Pero casi nadie se libra del terremoto que provoca en la razón una película de horror. Casi nadie escapa inmune de la reacción sensorial conectada a la pesadilla mortal. Ese limbo entre vida y muerte en donde ninguna es totalmente clara sólo puede fabricarlo el horror o aquella película que tome del horror las herramientas correctas. Unos tiemblan más, de forma irracional. Otros tiemblan menos, quizá bajo cierto control racional. Pero la sacudida es general, masiva, sin distinciones y quizá por eso las esferas academicistas, el analista que se auto califica de puro y que busca fundamentar la pureza de su análisis buscando la pureza del cine, descalifica al horror. Porque al ser masivo, comunitario, compartido, es incontrolable para él. Es impuro. Maravillosamente impuro como todo el buen cine. Es de todos. Es de todas.

Entonces un festival de cine de horror es indispensable. Y entonces un festival de cine de horror en una ciudad impura y en evolución como la Ciudad de México, descontrolada (que no fuera de control) es reflejo y parte de ella, engrane y potenciador. Porque en la Ciudad de México estamos todos, estamos todas y estaremos por siempre, como los espíritus vigilantes de un monstruo que nadie va a domesticar jamás.

Macabro ha sabido responder y alimentar ese espíritu. El del cine que invade a todo mundo. El del cine que confronta a todo mundo y responde mostrando sus colmillos relucientes a quienes se empeñan en minimizar al cine de género y en particular al cine de horror: “aquí venimos todos a la misma pesadilla, estamos todas dispuestas al sueño colectivo, son los sentidos expuestos los que propulsan las ideas locas que debatimos cuando la luz se enciende de nuevo y podemos creer que escapamos de este sueño comunitario, de la pesadilla compartida. El cine es el sueño que nos persigue siempre. El horror es el combustible para la persecución”.

Veinte años del Festival Internacional de Cine de Horror de la Ciudad de México son veinte años de debate entre la luz que se apaga y la oscuridad que se termina. Pero son también cuatro lustros de personajes que simbolizan todo lo que nos gusta y todo lo que nos disgusta, encapsulados todos en un género que acercándose a la muerte para mostrarnos sus profundidades está vivo como siempre. El cine de horror es un vampiro y a los 20 gritos que lanzamos para celebrar el cumpleaños de Macabro hay que agregar la figura del no vivo, del no muerto, festejado y símbolo de la fiesta de este año.

Por si fuera poco, en medio de una pandemia cruel y despiadada que nos aleja de los demás en más de un sentido, la celebración de Macabro, la reunión de películas que abren ese limbo entre lo que fue y lo que sigue siendo es una oportunidad para honrar desde la festividad cinéfila a quienes ya están en ese otro lado y mirarlos desde las historias y los sueños que provocan esas historias, de entre todos y para todas.

Los veinte años de Macabro deben invitarnos al reencuentro, con el género, con quienes ya están del otro lado, con los sueños que invaden los sentidos, con los que seguimos aquí. Si el horror es el cine más comunitario, veinte años de Macabro son la invitación a vernos de nuevo, en persona o a través de las películas. Veinte años de horror no se construyen fácilmente. Hacerlo con el ejército de personas que amamos a este festival mucho menos. Celebremos soñando pesadillas con los ojos abiertos y los sentidos expuestos que para eso el equipo Macabro ha trabajado siete mil trescientos cinco días sin parar, océanos de tiempo para poder apagar entre todos los veinte cirios que rodean el pastel de la celebración.

Millones de felicidades.

 

Por Erick Estrada
Cinegarage