México Macabro: 20 años de difundir el cine de horror nacional

Por: Francisco Javier Quintanar P.

El cine de horror en México está por cumplir 90 años. En 1933 obtuvo su carta de naturalización con el estreno en nuestro país de La llorona, dirigida por el cubano Ramón Peón;  y de allí el género iniciaría un largo camino en el cual, bajo un entorno y mirada nacionales y gracias a una ya muy larga lista de guionistas y directores, ha echado raíces y dado ya muchos, variados, oscuros y deliciosos frutos.

Durante ese tiempo, toda suerte de seres de la noche ha desfilado por las pantallas de plata mexicanas. Apariciones y espectros varios, brujas, demonios, vampiros, hombres lobo y otras horripilantes -y entrañables- criaturas surgieron de las febriles imaginaciones de argumentistas y realizadores. Y con su visión y aportaciones personales, cada uno de ellos ha diversificado la fauna fantástica que mora en el cine nacional.

Consciente de la tan larga tradición que el género tiene por estos lares, el festival MACABRO siempre ha tenido un espacio reservado para las aproximaciones mexicanas al horror, recuperando para las audiencias más jóvenes y/o neófitas esas joyas perdidas o nombres olvidados ahora, pero esenciales para la cabal comprensión del cine nacional en ese rubro. Y al mismo tiempo, funge como inigualable escaparate para aquellas obras (y cineastas) que están tratando de aportar su propio granito de arena, con sus particulares estilos y perspectivas.

Ahora MACABRO cumple dos décadas de existencia, por lo que vale la pena mirar hacia atrás para ver el camino andado. Es en ese ánimo que la presente curaduría de esta sección celebra esos 20 años ininterrumpidos de llevarle al público lo mejor del cine de género producido en casa, recopilando varias de las obras más significativas exhibidas durante esos años, para deleite de quienes quieran disfrutarlas de nuevo, o para asombro de aquellos que aún no las han visto.

Dentro de la fauna sobrenatural residente en nuestro cine por décadas, sin duda el vampiro ocupa un lugar de honor. Y dado que la presente edición del festival estará dedicada a esos seres, México Macabro conecta con este eje gracias a Sin origen (2019), el más reciente filme de Rigoberto Castañeda, quien es recordado por haber debutado hace unos años con una cinta la cual marcó época: KM 31 (2006). Ahora, Castañeda aborda el tema vampírico con una combinación de terror, fantasía, acción y melodrama, donde sicarios del crimen organizado se enfrentan con formidables seres quienes emplean armas medievales y alta tecnología. Y la presencia de una misteriosa niña es detonante de dicho conflicto.

Después del vampiro, el muerto viviente (y sus variables) es la siguiente criatura que mayor impacto tiene en la cultura popular, y desde luego, en el cine de casa. En esta selección se encuentra representado por la minimalista ópera prima de Alex G. Alegre, Los infectados (2011), que sigue los pasos de un grupo de personas quienes huyen a las montañas, esforzándose por sobrevivir a las consecuencias de un mortal virus el cual transforma a los humanos en criaturas salvajes, ávidas de carne humana.

Y hablando de voraces apetitos por la carne de nuestros congéneres, la selección 2021 de México Macabro se viste de gala, con el que es sin duda uno de los mejores filmes de horror mexicano de este nuevo milenio: Somos lo que hay (2010), brillante primer opus del cineasta Jorge Michel Grau, sobre las vicisitudes de una familia practicante del canibalismo, quienes deben de buscar nuevas formas de obtener su peculiar alimento, ya que el padre y proveedor del mismo fallece súbitamente. Todo esto teniendo como marco las calles, avenidas, centros comerciales y unidades habitacionales de una particularmente opresiva y oscura Ciudad de México, y en donde el director aprovecha para rendirle un humoroso homenaje a otro destacado debut: el del queridísimo Guillermo del Toro con su ya legendaria Cronos (1993).

Quien también hace un gran homenaje, pero al cine de clase B en general, es Emilio Portes en Belzebuth (2018), filme con escenas de una crudeza pocas veces vista en el cine nacional, donde narra la lucha de un policía, un agente especial del FBI y un sacerdote excomulgado contra las fuerzas del mal, las cuales intentan hacer que el demonio llegue a este mundo y se apodere de él. Cabe destacar aquí la presencia del actor norteamericano Tobin Bell (Jigsaw en la famosa saga Saw: Juego Macabro), interpretando al sacerdote disidente, envuelto en un coctel con persecuciones, encuentros con seres de pesadilla, asesinatos violentos, y posesiones satánicas.

La posesión demoníaca es precisamente el tema central en torno al cual Alex G. Alegre (quien repite en esta edición) edifica su más reciente película, también incluida en la actual curaduría. El diablo me dijo que hacer (2019), se centra en un joven internado en una clínica para enfermos mentales, aparentemente por un trastorno de personalidad. Pero un día escapa, luego secuestra a un médico, y le somete a tortura para obligarlo a confesar sus crímenes. Un relato nuevamente estructurado de forma minimalista, el cual transcurre casi siempre en espacios cerrados y con un pequeño crew de actores en cuyos hombros recae todo el peso de la trama, donde la locura y la presencia del mal se trastocan y es imposible disociarlos.

Los laberintos de la mente humana son explorados por el cineasta -y docente- Carlos Meléndez en Histeria (2016), donde un hombre bueno, agobiado por un entorno hostil y un ambiente de trabajo enrarecido por el abuso y la corrupción; desarrolla síndrome de desgaste profesional el cual deviene en un estallido psicótico de impredecibles consecuencias. Sin duda, el gran desempeño actoral de Héctor Kotsifakis en el estelar es la pieza fundamental para que este thriller psicológico funcione.

La mente perturbada -y los abominables alcances de la misma- son también la materia prima de la que Lex Ortega se vale para reelaborar y extender un corto suyo previo, hasta convertirlo en su primer largometraje: Atroz (2015), producción 100% independiente que ha alcanzado ya el nivel de obra de culto, tanto por la violencia gráfica desplegada en la misma, como por su despiadado retrato -a través de los ojos de sus protagonistas- de una urbe y una sociedad enferma, los cuales crean a sus propios -y monstruosos- depredadores: los asesinos seriales.

Y de los monstruos modernos y la megalópolis sucias y violentas que los engendran, el ciclo vuelve su mirada nuevamente al pasado y a las leyendas indígenas con Nahuales (2013) filme escrito y dirigido por César García, centrado en esos seres míticos que pueden convertirse en diversos animales a voluntad, y cuya existencia sigue formando parte de las creencias de diversas comunidades rurales a lo largo y ancho de la república mexicana.

Ese trasfondo de la provincia, con sus regiones apartadas de las grandes ciudades y en donde aparentemente no pasa nada, es elegido por el editor Andrés Kaiser para desarrollar su debut como director: Feral (2018), un largometraje que, empleando el recurso del found footage, narra la historia “verídica” de un hombre quien tiempo atrás encontró a un par de niños ferales (es decir, en estado salvaje), y “documenta” sus esfuerzos para incorporarlos a la sociedad. Pero conforme el metraje encontrado avanza, se va revelando la terrible verdad detrás de lo allí ocurrido años atrás.

Los secretos del pasado son también el tema abordado por Jorge Leyva en su cinta Mis demonios nunca juraron soledad (2017), en un relato que combina personajes y ambiente fantasmales con otros tomados prestado del western clásico y narrado con un ritmo un tanto contemplativo, dando como resultado una obra singular.

En un cambio de registro, que sirve para demostrar la versatilidad del género, se encuentra Patitos feos (2020), comedia sui generis escrita y dirigida por Mauricio Chernovetzky donde, en tono surrealista; se narra la historia de un trío de hermanos quienes aparentemente son nada menos que los descendientes del mismísimo Pancho Villa, e inspirados por una visión, se lanzan en una cruzada para tratar de recuperar la cabeza de su prominente antepasado, la cual se encuentra perdida. Esa búsqueda los hará toparse con personajes y situaciones fuera de lo común.

La cereza que corona este suculento manjar para los amantes del género, es un verdadero parteaguas en la historia del género en nuestro país. Se trata nada menos que de México Bárbaro (2014), antología inspirada en el formato de ómnibus empleado en filmes colectivos como The ABCs of Death o V/HS, donde se reúne a ocho directores mexicanos, cada uno de ellos aportando un relato corto donde relatan la historia que quieran contar, empleando sus propios recursos y desde luego, imprimiendo su estilo personal. Jorge Michel Grau, Ulises Guzmán, Isaac Ezban, Lex Ortega, Gigi Saúl Guerrero, Laurette Flores, Edgar Nito y Aarón Soto conforman esta primera entrega la cual agotó boletaje cada vez que se exhibió en festivales y funciones especiales, e incluso ya tiene una secuela y ha motivado a otros a imitar este formato, y tratar de emular su éxito.

Con esta curaduría, México Macabro ofrece un variado prisma del cine de horror nacional en este aún nuevo milenio, y del cual es posible obtener una lectura de coordenadas que indican hacia dónde se está dirigiendo y cómo está evolucionando. Y los resultados son alentadores.